Los que nacimos entre 1960 y 1975 estamos afrontando lo que nunca pensamos que llegaría. Nos dijeron que estudiando, adquiriendo experiencia y esforzándonos, nos iría bien. Resulta que era mentira y estamos siendo expulsados del mercado de trabajo a un ritmo que nunca antes se había dado.

 

Nos expulsan del mercado por caros, y no nos dejan volver por estereotipos.

 

Además, inmersos en una corrección política hipócrita y nauseabunda, los empresarios y los estados, o bien niegan que esto sea así, o bien simplemente les da igual. A esto, hay que sumarle el hecho de que a los que tienen trabajo (todavía), en muchos casos nuestros hermanos mayores, hijos, amigos y vecinos, nuestra situación les da igual o consideran que es nuestro problema. Algo malo habremos hecho para estar como estamos. Pero no, en general, no hemos hecho nada malo. Solo cumplir años.

 

Las causas de este fenómeno, hay que buscarlas en dos variables.

 

La primera es que el mercado, desde la crisis financiera del 2008, se ha instalado en una lógica del “low cost” y de automatización. Dicho de otra forma, si puede hacerlo un algoritmo, no lo harás tu, y si lo hace una persona ha de hacerlo cada vez más barato, porque esa es la lógica competitiva de la globalización. Esto es no solo dramático, si no que sin darnos cuenta, ya tenemos una generación instalada plenamente en esa lógica: los millenials. A ellos les da bastante lo mismo cobrar la mitad de lo que deberían cobrar porque definen mayoritariamente como su estilo de vida vivir en casa de sus padres o con tres colegas para poder pagar el alquiler. Además, si pueden ir a Londres cada quince días en vuelos baratos, a ellos la vida ya les parece bien. Lo malo de esta lógica es que con sus salarios no se puede hacer mucho y cuando desaparezcan los padres que les dan soporte, los dramas se van a multiplicar por mil. Ni siquiera es culpa suya porque somos nosotros los que les hemos hecho así.

 

La segunda variable es la “efebocracia”. Lo nuevo es mejor que lo viejo, lo joven y bello mejor que lo senior y arrugado. Instagram, Facebook, y demás redes sociales, todas ellas mostrando carne conseguida a base de miles de horas de gimnasio, dietas y cosas más complicadas para mostrar un buen “six pack”, sin atender a nada que no sea que te quede bien la ropa tres tallas menor a la tuya. En esto hemos de reconocer que al hacerse mayor, cuando llegan las arrugas quizá seamos más sabios, pero seguro que no somos igualmente bellos, o la belleza ha cambiado. Y eso, hay que llevarlo a quienes están haciendo los procesos de selección, que salvo en el caso de los “head hunters”, suelen ser jóvenes y bellos cargados de estereotipos y sesgos de los que ni siquiera son conscientes. Por muy listo y capaz que seas tus arrugas no les gustan a no ser que se tengan que quedar contigo a la fuerza (médicos, programadores de Phyton, etc).

 

Los consejos de administración no son ajenos a esta lógica. Si las cuentas de resultados les va bien. ¿Por qué deberían quejarse? Además existe la idea de que los jóvenes son baratos, más dúctiles y fácilmente sustituibles si es que no se van, de manera que para ellos, todo va bien.

 

Llegados a este punto hay que decir que todos esos estereotipos son falsos: la tecnología la hemos inventado los senior, y la usábamos cuando era bastante más complejo que ahora (recordad el DBase, el AS 400, o el Writer). Usar una App es algo que puede hacer un simio. Explotar datos, darles un sentido, y hacer un informe que cambie las cosas, es otra historia. Y eso no tiene que ver con la juventud precisamente, si no con la experiencia.

 

Además, no somos caros. Estamos dispuestos a trabajar por la mitad de lo que ganábamos cuando el mercado nos expulsó. Que remedio.

 

Hay que despertar cuanto antes y tomar conciencia de que el mercado, con su lógica capitalista, solo va a apostar por la canibalización de una generación por otra. En cinco o seis años veremos a los “Zetas” comerse a los millenials con patatas. Así que probablemente se trata de adquirir conciencia de grupo y asumir que este es un problema de derechos fundamentales, que al igual que en otros países, habrá que abordar con desarrollo legal específico. Nadie va a convencer a las empresas de nada, porque no quieren ser convencidas.