Se habla de nosotros como de «parados de larga duración». Esa es la etiqueta y con ella viene la cosificación. Un millón setecientas mil vidas reducidas a una categoría, con lo que se consigue despersonalizar y convertir el problema no solo en algo de lo que se pueda hablar, sino de algo de lo que se pueda huir sin demasiados complejos.

Aún así somos invisibles. Nos reconocemos los unos a los otros porque en esas horas en que nos gustaría estar trabajando, estamos haciendo cualquier otra cosa, intentando mantener la dignidad tanto como podemos. No siempre es fácil, pero al final te acostumbras y sabiendo que nadie quiere hablar de «lo tuyo», acabas por comerte todas tus emociones, toda tu rabia, todas tus pérdidas. A nadie le importa.

¿Pero porqué no les importa?

Hay tres grupos de causas de que seamos invisibles: nuestra conducta, la cultura hegemónica y la falta de soluciones.

Reconozcamos que no es fácil reconocer en que situación estamos. Mientras nuestros amigos, ex-parejas, vecinos e incluso nuestros padres siguen adelante con sus vidas nosotros nos hemos quedado suspendidos. Quizá por eso el confinamiento por el virus no nos resulta demasiado complicado. Hace años que vivimos confinados en nuestra situación y en nuestras cabezas, poniendo al mal tiempo buena cara porque no queremos que nadie sufra demasiado por nuestra situación. Menuda tontería !!. Todo conspira precisamente para que no sufran , o que no lo hagan durante demasiado tiempo. Es inevitable pasar por todas las fases del duelo que supone perder el trabajo. Desde la «negación» hasta la «aceptación». Los profesionales de la psicología sabemos que ese es un camino que cada quien recorre a su ritmo. También sabemos que no todos llegan al final. Muchos se quedan demasiado tiempo en le «ira» y arremeten contra quien sea necesario, solo que…quien tiene la culpa de esto? Contra quién puedes cargar? Si lo piensas bien verás que el culpable es el «mercado». Y a ese…con que vas a darle fuerte?. Otros se quedan en la depresión, ese lugar del que los más allegados te exigirán salir más pronto que tarde, porque lo cierto es que estás generándoles un problema que no quieren asumir y que no saben cómo solucionar.

La vergüenza es a veces insoportable. Y así, nuestro gesto se entristece y buscamos excusas que no hacen falta. Aprendemos a callar y así seguimos, callados, sin darnos cuenta que con nuestro silencio les estamos haciendo el caldo gordo a quienes han creado y sostienen esta situación de discriminación. Porque el problema es ese. No trabajas, porque te discriminan. Punto.

Luego está la cultura imperante: esa Happycracia que es ley en la dictadura de los efebos. Lo joven es bello, es alegría, ligereza, capacidad. Lo viejo es todo lo contrario. Ambas cosas te acorralan todos los días y si no vas con cuidado te sorprenderás a ti mismo estando «absurdamente alegre». Una alegría extemporánea que los demás te agradecerán porque el pensamiento positivo se ha adueñado de todo y los diagnósticos realistas llevados con dignidad y una ligera sonrisa están proscritos. Ríete!! Se feliz!! Tu creas tu realidad!! Tu atraes lo bueno o lo malo!!. Aunque hay una base empírica de que efectivamente influimos mucho en lo que nos pasa, lo cierto es que el paro de larga duración es algo que ni está bajo tu control. Si lo estuviese, no estarías soportando esa etiqueta, sino que estarías con los «felices», diciéndoles a otros que hagan el favor, que son unos tristes y que así, no los «ajuntas».

Una derivada de la Happycracia es la corrección política: café para todos. Tu no puedes encontrar un trabajo con el que tener una vida digna para ti y los tuyos y los políticamente correctos te dicen…que los jóvenes tampoco!! Lo que se les olvida es que esos jóvenes no acceden por que aún no están en su punto pero si persisten, lo estarán. Otra cosa es si van a persistir o se van a quedar instalados en la lógica de «yo lo valgo, desde que nací» en lugar de entender que lo que tienen no es talento, es potencial, y ese potencial solo se actualizará después de recorrer ese camino que nosotros ya hemos recorrido y nos llevó a ser lo que somos: seniors con talento. Pero esto no puedes decirlo, porque es un análisis que a los jappis les parece frontista, ya que no es café para todos. En cualquier caso, «mal de muchos consuelo de tontos», y negar que la experiencia (es decir la edad necesaria para madurar) suma, es lo mismo que decir que resta, y así, acabamos siendo invisibles.

Finalmente está la falta de soluciones. Este país, ya antes del bicho creaba poco empleo y el que creaba no se sostenía más que a si mismo. Todos sabemos que en pleno empleo, todo el que quiere trabajar trabaja. Lo que pasa es que desde el 2008, y con la reforma laboral del 2012, nos inocularon el miedo en el cuerpo y ahora mismo, estamos instalados en el «esto es lo que hay». Con esa lógica, lo más que uno puede hacer es pedir que no le peguen mucho y poner la mano a ver que cae.

¿Y cómo hacemos para ser visibles? porque no faltará quien esté pensando: «ya está el triste este quejándose». Lo cual, si lo pensáis bien, no es más que una muestra de pensamiento dominante. Que igual eres un Jappy, vaya.

Todas las soluciones pasan por decisiones personales:

  • No te avergüences. Da la cara.
  • Rodéate, aunque sea virtualmente de personas que luchen, que no se conformen.
  • Abandona la Happycracia y vente al realismo optimista.
  • Apuesta por la sociedad civil: asociaciones, plataformas…los políticos solo van a hacer más de lo mismo, y luego vendrán otros y lo cambiarán. Nada de lo que te den será para siempre.
  • No mendigues derechos. Los derechos se exigen.
  • Denuncia el café para todos: nunca lo fue. No desde el 2008.
  • Firma cuanta petición (change.org) te pongan delante respecto a este tema.

Y recuerda: los políticos puede que no te gusten. Lo que pasa es que ellos legislan. Así que tápate la nariz, deja tu color ideológico de lado, porque este problema nos afecta a todos los colores. Senadores y Congresistas solo le temen a tres cosas: el ridículo, la pena de prensa…y las grandes masas (la ley mordaza se hizo para bloquear esa posibilidad).

Ahora mismo, tu mejor inversión es dedicar tiempo a esas cosas. Y oye. Tiempo tienes.